El bulo funciona porque la gran mayoría de trabajadores se creen que ser autónomo y ser empresario con dos cosas distintas. Dice un chiste viejo: “pero ese cómo va a ser homosexual, si no tiene estudios y además es maric…" Pues esto es lo mismo: pero ese cómo va a ser empresario, si es peluquero y además es autónomo.
La realidad legal es que el Estatuto de los Trabajadores llama empresario a cualquier persona física o jurídica que organice y dirija la prestación de servicios de los trabajadores por cuenta ajena. El autónomo que contrata trabajadores es, a efectos de esa relación laboral, un empresario exactamente igual que lo es la mayor empresa del mundo. Además, la realidad práctica es que son poquísimos los autónomos que contratan personal directamente ellos como personas físicas. Mientras que no tienen trabajadores, sí que hay muchos que solo operan como autónomos; pero cuando quieren dar el paso de contratar trabajadores, casi todos crean una empresa o sociedad unipersonal para hacerlo.
Naturalmente, existen diferencias en las formas legales y digamos que en los temas de “papeleo” en la gestión del negocio como autónomo o como empresa o sociedad. Pero eso no convierte al autónomo en una categoría distinta de empleador ni permite presentar sus intereses como necesariamente opuestos a los de las grandes empresas. Cuando se reclama que sea más barato contratar, despedir o cotizar, se está reclamando una reducción de costes para quien emplea trabajo, sea un autónomo o una gran compañía. La manipulación de la falsa distinción entre autónomo y empresario, que tanto se utiliza en estos discursos liberales, tiene como objetivo presentar a los autónomos y a los trabajadores como si formaran parte del mismo colectivo cuando interese hablar de costes y sacrificios, pero presentar al empresario junto a las grandes empresas en otro colectivo diferente de los autónomos cuando interese hablar de los beneficios y las ventajas. O al menos intentar colar que haya tres grupos: por un lado los trabajadores, por otro lado los empresarios y por otro lado los autónomos, en una especie de escalón intermedio. Nunca presentar a los autónomos en el mismo grupo que los empresarios.

El argumento defensivo del sector ultraliberal sostiene que si un pequeño autónomo no puede pagar los salarios fijados legalmente o las cotizaciones correspondientes, la solución pasa por rebajar la ley a la medida de su incapacidad. Pero este planteamiento es una aberración económica y ética. Hagamos una analogía sencilla: si un ciudadano no tiene recursos suficientes para comprarse un vehículo, nadie asume que tenga derecho a que el concesionario le baje el precio por decreto, y mucho menos a que el Gobierno le subvencione la compra con dinero público. Un negocio que únicamente resulta viable mediante la explotación de sus empleados, el pago de salarios de miseria o la privación de derechos básicos como la indemnización por despido, no es un negocio rentable; es un modelo sustentado sobre la precariedad ajena. Contratar a un trabajador supone tener a una persona a disposición del autónomo o empresa digamos que 8 horas diarias 5 días a la semana, que no se puede ir de vacaciones a no ser que se lo autoricen y que puede ser despedida en cualquier momento. Recordemos que el despido en Españistán no es libre, pero sí que es muy barato y además se puede hacer completamente libre y aún más barato mediante el truco del “despido Hacendado”. Tener a una persona en estas condiciones no solo tiene que ser caro, sino que tiene que ser lo más caro. ¿Que un autónomo no lo puede pagar? Pues que trabaje él solo. El hecho de que quiera contratar a un trabajador indica que ya gana dinero de sobra para vivir él solo de su trabajo y que solo pretende ganar más dándole servicio a más clientes, así que no tiene derecho alguno a que le permitan que le cueste menos contratar a trabajadores.


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