Los “sindicalistas” que sí que cobran los días de huelga.

Como todos sabréis, al trabajador huelguista no solo se le puede descontar el salario del día, sino que también se le puede descontar el salario de la parte proporcional del descanso semanal y darle de baja en la Seguridad Social ese día, con lo que tendría un día menos cotizado a todos los efectos. Pues bien, hoy es un día igual de bueno que otro cualquiera, o mejor, para explicar que a algunos “sindicalistas” no les descuentan nada ni les dan de baja en la SS, pero los trabajadores que sí que hacéis huelga no lo sabéis.

Hubo un tiempo en que la huelga implicaba sacrificio. El trabajador perdía salario, asumía riesgos y se enfrentaba a la empresa porque creía defender sus derechos. Era una herramienta de presión real. Costosa. Incómoda. Coherente.

Pero llegó el sindicalismo profesionalizado y subvencionado y con él apareció una figura casi mágica: el “sindicalista” vividor que acude a la huelga, la promueve, anima a otros trabajadores a secundar la huelga, participa e incluso organiza los piquetes, ataca a los esquiroles, se mete con los trabajadores que no quieren secundar la huelga, encabeza manifestaciones, da discursos inflamados contra la empresa, contra la patronal, contra el gobierno… y, al terminar el día, cobra íntegramente su sueldo y no le dan de baja en la SS.

Hay liberados y sindicalistas no liberados que sí que secundan realmente la huelga: se lo comunican a su empresa y sufren el mismo descuento y baja en la SS que el resto de trabajadores huelguistas. Pero hay otros vividores que no sufren estos perjuicios, porque usan el truco de decir que el día de la huelga están utilizando sus horas sindicales. Parece más que evidente que estos vividores son mucho más abundantes en las huelgas de las administraciones públicas, empresas públicas y grandes empresas privadas.

Este truco no solo lo usan los liberados vividores, sino también los “sindicalistas” vividores no liberados. Lo mismo da una cosa que la otra, porque un liberado es lo mismo que un “sindicalista normal”, salvo que ha acumulado tantas horas sindicales que ya no tiene que trabajar en la empresa. En ambos casos, el truco lo aplican no comunicando a la empresa que van a secundar la huelga. El liberado no comunica nada y el no liberado comunica que va a usar horas sindicales el día de la huelga. ¿Huelga? Yo no he hecho la huelga. Yo estaba trabajando. La huelga la han hecho los gilipollas demás.

El trabajador corriente pierde dinero por secundar la huelga. El “sindicalista” vividor la vive, nunca mejor dicho, como una jornada laboral ordinaria. Resulta que cortar calles, llevar la pancarta en la cabecera de la mani para salir en la foto, posar ante las cámaras, ponerse en la puerta de un sitio con banderitas de su “sindicato” a tocar el pito media hora… todo ello entra dentro de sus “funciones sindicales” y por tanto es una jornada de trabajo ordinaria. O mejor aún: una jornada especialmente productiva, porque una huelga grande es un gran acto publicitario para su “sindicato”. Salen gratis en la tele, en la prensa y en las redes sociales. Más publicidad, mire usted que sindicato más combativo y rojeras que somos, afíliese usted, así los que han decidido liberarme a mí podrán seguir cobrando un sueldo de lo que usted pague de afiliación y me seguirán liberando a mí.

La contradicción es demasiado evidente como para ignorarla. Si hacer una huelga es trabajar, entonces todos los trabajadores que la secundan están trabajando y a ninguno se le puede descontar salario ni darle de baja en la SS. Si hacer una huelga no es trabajar, entonces a los vividores les tendrían que aplicar el mismo descuento y darles de baja en la SS.

La ironía es aún más evidente. Si un día de huelga —entre pancartas, megáfonos y consignas— es considerado por el “sindicalista” vividor como un día de trabajo, hay que preguntarse cómo serán entonces sus días normales de trabajo. Para millones de españoles trabajar significa producir, atender clientes, levantar persianas, conducir camiones, operar máquinas o pasar 8 horas delante de una pantalla cumpliendo objetivos. No precisamente desfilar detrás de una pancarta a las once de la mañana.

Y mientras tanto, esos mismos “sindicatos” pretenden dar lecciones de solidaridad al trabajador que no hace huelga para no perder parte de su nómina. El empleado de fábrica, el camarero, la dependienta o el administrativo sí pagan el precio de la protesta. Además de la pérdida de un día de cotización a la SS, que puede suponer perder el derecho a cobrar una prestación. Pero los liberados y “sindicalistas” vividores, no. Ellos cobran igual.

Sin olvidar a las cúpulas sindicales y al resto de “sindicalistas” que no están contratados ni liberados por ninguna empresa, sino que están contratados por los propios “sindicatos”. Esos no hacen huelga nunca y nunca pierden nada. ¿Huelga en la sanidad? Oiga usted, que yo no soy trabajador de la sanidad. ¿Huelga en la enseñanza? Oiga usted, que yo no soy trabajador de la enseñanza. ¿Huelga en el comercio de Valladolid? Oiga usted, que yo no soy trabajador del comercio de Valladolid. Aunque sean los secretarios generales u otros miembros de las ejecutivas de las federaciones correspondientes a nivel estatal, autonómico o local. Ellos a cobrar, sea la huelga que sea. Incluso en las huelgas generales. Las vidas laborales de más de uno de estos vividores serían muy ilustrativas, especialmente de los que ya lleven 20, 30 o incluso 40 años amorrados a la teta de su “sindicato”, a ver si tuvieran registrado el día de baja en la SS en cada una de las huelgas generales que ha habido en España en todos esos años.

Por eso cada vez más trabajadores miran con absoluta desconfianza y desprecio a las cúpulas sindicales de CC.OO. y UGT. Porque perciben que hace tiempo dejaron de representar al trabajador corriente para convertirse en estructuras permanentes que viven cómodamente integradas en el sistema que dicen combatir. Además, se han puesto sueldos ocultándolo ilegalmente, por incumplir clamorosamente la Ley de Transparencia. Aún encima, sueldos tan altos que no podrían ni soñar en cobrarlos si trabajaran en una empresa privada haciendo lo que supieran hacer, si es que supieran hacer algo valioso y productivo. Aun recontraencima, sueldos muy superiores a los que ponen en los convenios que ellos mismos ordenan firmar.

Y ahí aparece la acusación que más irrita a esos “sindicatos”: la de haberse convertido en sindicatos amarillos. No porque defiendan abiertamente a las empresas, que a veces también lo hacen, sino porque su papel consiste en canalizar el descontento, domesticarlo y administrarlo sin poner nunca en peligro real el equilibrio del poder. Mucha retórica revolucionaria, pero perfectamente compatible con subvenciones, privilegios y salarios injustificados.

La escena acaba resultando grotesca: dirigentes sindicales llamando al sacrificio desde una posición en la que ellos mismos no sacrifican nada. Incluso hay ocasiones en las que los “sindicatos” se benefician económicamente cuando las empresas revientan una huelga ilegalmente, pidiendo dinero para ellos pero no para los huelguistas.

Quizá por eso las huelgas generales ya no despiertan la épica obrera de otras décadas. Especialmente cuando son el paripé de una huelga general de un día, que realmente acaba al mediodía cuando finalizan los discursos después de la mani y la tele se ha ido. Mucha gente ha llegado a la conclusión de que ciertos sindicatos no representan una fuerza de resistencia, sino una burocracia profesional, una forma de vida y de negocio, cuya principal prioridad es seguir chupando del bote hasta que los eche el siguiente que también quiera chupar.

Y cuando una huelga acaba pareciendo una jornada laboral para quienes la organizan, tal vez el problema no sea la huelga. Tal vez sea quién vive de ella.

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